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Turismo

Categoría: Turismo

Esta norteamericana de nacimiento y venezolana de recorridos se va del país después de 34 años de amor desbarrancado por su geografía, su gente y sus sabores.

Más de un millón de kilómetros de viajes, 20 ediciones de su guía de posadas y campamentos y un riguroso compartir de lo que ve, desde su página en El Universal. “Irme es tan doloroso como divorciarse cuando amas a tu marido”. Otro exilio.

El turismo en Venezuela se llena de dolor y bochorno
Elizabeth Kline salió de Michigan hace 34 años para acompañar a su esposo que venía a trabajar con la Ford. El día del viaje caía una nevada feroz, era noviembre, tuvieron que descubrir el carro entre los blancos, abrigarse hasta el alma y encaramarse en el avión. De noche llegaron al hoy arruinado Macuto Sheraton, que vestía sus galas decembrinas. Al abrir los ojos salió a la terraza, vio el mar, el sol radiante, la gente contenta vestida de colores que cantaba y bailaba y sintió el aroma de un sofrito que desconocía. Se enamoró. Al día siguiente empezó sus clases de español. Compró un diccionario que la acompañó hasta que entendió y amó lo que le contaban. El primer año aprendió a bailar tambores en Borburata. Comió arepas, cachapas, empanadas y chicharrón.

Supo que su marido odiaba viajar, así que cuando los trasladaron a México pidió el divorcio. “Mi exesposo nombró como culpable a Venezuela”, comenta divertida. Nuestro país se convirtió en “el otro” de la discordia. Íngrima y sola se mudó a Venezuela, buscó un apartamentico, compró un carro usado y dio lecciones de inglés hasta que consiguió trabajo como corresponsal para el The Daily Journal. Su primer trabajo fue escribir de Guayana. El vuelo paró en todas las misiones y se dejó abrazar por los tepuyes. “Así fue como empecé a escribir de turismo. Conocer Venezuela se convirtió en una adicción. He viajado casi un millón de kilómetros en 5 carritos. Siempre sola porque me gusta cambiar el plan, participar en las actividades que encuentro. No quiero que nadie me diga que quiere parar o qué hacemos aquí. No puedo trabajar en una oficina. Yo necesito mi libertad”.

20 años de su Guía.
Entre libertad y adicción, su Guía de Campamentos, posadas y cabañas está cumpliendo 20 años. La edición que está en librerías y posadas es la última que sacará esta viajera enamorada de nuestra geografía, sus fiestas, su gente y sus sabores.

Elizabeth va de posada en posada, de campamento en campamento. Nadie sabe que llegará. Se baja de su carrito y entra con actitud de investigador. Revisa baños, habitaciones, cocina, estacionamiento. Supervisa desde los jardines hasta las almohadas y las sábanas. Conversa con sus dueños y con los huéspedes. Prueba la comida. Y sale veloz hasta la próxima parada. Así anda por carreteras y caminos indagando dónde es bueno hospedarse y dónde será un fracaso. Lo reseña luego en su guía sin ninguna censura. A veces de forma descarnada que algunos critican y otros valoran, pero todos le creemos. No acepta ni avisos ni intercambios. Sabe y entiende que su credibilidad es su mayor fortaleza. La publica siempre en inglés y en español y la reparte personalmente en las posadas. Cuando regresa a revisar y actualizar información recoge su platica y lleva la próxima edición. Es una gladiadora de imposibles. Tiene 70 años y hasta ahora había viajado confiada y sin miedo, sola, en carritos sencillos, por cada una de las carreteras que unen pueblos y ciudades. Cada semana deja su testimonio en las páginas del cuerpo de turismo de El Universal. “Es impresionante la cantidad de venezolanos que me dicen: —Oye, tú conoces más de Venezuela que yo–. ‘Pero bueno, sal, aunque sea un día a un sitio cerca de tu casa’, les digo.”

—¿Qué tiene Venezuela que te sorprende?
—Uno es la sencillez de la gente. Pasas por un pueblito, preguntas dónde queda algo y te dicen: “Ven, sígueme que yo te muestro”. Otra cosa que no se ha explotado son las fiestas, el folklore. Hay muchas manifestaciones muy autóctonas que se conservan intactas. La primera vez que vino una amiga de Estados Unidos fuimos a Maracaibo, llegamos a Sinamaica y nos topamos con un desfile de lanchas llevando a San Benito. Decidimos seguirlos y participamos de la fiesta. Luego salimos a Ciudad Ojeda y en cada pueblo seguía el homenaje a San Benito. Fue una suerte. Después empecé a ir todos los años.

—¿Y la comida?
—Amo las empanadas, arepas, caraotas, cachapas. Lo impresionante es la diferencia en cada región del país. Las empanadas en Margarita son delgaditas, los pasteles en Mérida tienen papas. Las cachapas en Puerto La Cruz son inmensas. En Paria pruebo la influencia trinitaria. Donde voy hay cosas distintas. Algunas de mis mejores comidas las he gozado en tarantines al lado de la carretera. Son fresquitas y puedo ver dónde las están preparando.

Su exilio forzado. Aunque este amor desbarrancado por nuestro país sigue intacto en la piel, el alma y el paladar de Elizabeth, por primera vez en 34 años siente miedo. Sus hijos vinieron hace dos años luego de tres sin visitarla. Quedaron abrumados por el deterioro y la inseguridad. Le pidieron a su madre que saliera de aquí. En esas vacaciones juntos no les ocurrió ningún percance, pero apenas salieron de tres posadas, hubo asaltos en dos de ellas.
En su último viaje a la Gran Sabana por primera vez tuvo dudas al visitar un salto desconocido porque estaba muy solo. Hace una semana casi la asaltan en un hombrillo donde tuvo que detenerse a contestar una llamada. Vio un par de motos acercarse con dos hombres en cada una. Tocó la corneta y metió la chola. Logró escaparse. Posaderos de todo el país le cuentan los horrores por los que han pasado: asaltos, robos, comandos entrando a los campamentos armados hasta los dientes. A veces ha habido violaciones a alguna huésped. Con frecuencia no lo cuentan para no crear pánico. Se quejan porque no consiguen papel tualé, harina, azúcar. El café con leche desapareció de los desayunos. Comparten con ellas sus vicisitudes.

En Paraguaná estuvo más de cuatro horas trancada en una vía por una protesta. Se caldearon los ánimos, la gente se fue poniendo agresiva y pudo huir en un descuido por un camino de tierra. Le da terror que su carro se eche a perder y que no consiga los repuestos. Ya estuvo parada casi dos meses. Sin carro no es nadie. Su vida es andar por Venezuela para contarla.

“Soy gringa. Mi visa vence en 2016. ¿Quién me dice que me la van a renovar? Si me pasa algo, ¿quién me garantiza que mis hijos puedan entrar a auxiliarme? Los dos son gringos y viven en Estados Unidos”, explica Elizabeth desolada.

Puede que algún lector piense que lo de Elizabeth Kline no es un exilio porque ella no nació aquí. Pero para ella lo es. Y quienes la conocemos lo percibimos así. Antes de despedirme le pregunto cómo se siente al tener que buscar otra vida a los 70 años en un país que dejó hace 34. “Es como divorciarse de un marido que todavía amas”. No aguanta el dolor. Sale un llanto desgarrado, profundo. Abandona lo que más ama: esa libertad de viajar por Venezuela y compartirla con los venezolanos. Me da una vergüenza muy profunda. La estamos expulsando. A ella, que lo único que ha hecho es regalarnos entrega, sensibilidad, asombro y amor por cada metro cuadrado de Venezuela. La vamos a extrañar muchísimo.

Valentina Quintero - El Nacional

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